abril 28, 2003

Manchester 4, Real Madrid 3.
Old Trafford, Manchester.
1/4 de Final Champions League 2002-2003.


Desde la final del Mundial 2002 en Yokohama, Japón, ningún encuentro de fútbol alzó tanta expectativa en todo el mundo que el juego de vuelta Manchester United vs Real Madrid. Pero cuando se supo que los dos jugadores emblemáticos no iban a estar ahí, el ánimo cayó bastante. David Beckham del Manchester United en la banca, por una decisión no muy clara del técnico Alex Fergusson —no tiene por qué ser clara su decisión (muy suya)—. Raúl González del Real Madrid, que bateó de homerun en el partido de ida, convalecía un apendicitis que duele como parir equidnas.

Puede que sepas lo que es parir, pero dime, qué diablos son las equidnas. Un miembro de la barra Boixos Nois del Barcelona, dolido por la eliminación de su equipo —a quién no le dolió, hombre, pero no es para guardársela—, dijo que sin Raúl el Real Madrid perdía el apetito y que "los blancos" saldrían de Inglaterra pateados, con seis goles.

Nada más lejos. Empezando porque no hubo "blancos". Siguiendo el gesto del buen peregrino, el equipo español llevó traje de visita, azul marino. Azul nocturno. Un azul semejante al que adoran los buzos del Caribe, que aparece suave a los 25 metros de profundidad, se va opacando y acaba de una majestuosidad inquietante a los 50 ó 55 metros, conocida por ellos como la línea dulce. En su franja termina el mar traslúcido, que se nutre desesperadamente de los rayos solares, y nace otro, menos popular, enigmático y corrupto.

Azul marino, el equipo salió a jugar con paciencia carnívora. De tres mordiscos —Ronaldo representa los colmillos— desangró al rival, que tres veces se levantó y mordió lo suyo, pero no logró zafarse. De un pie lo sostenía la gigantesca tenaza de 1.62m llamada Roberto Carlos, que actúa como un trauma sobre los rivales. Del otro pie Míchel Salgado, trastabillando al galés Ryan Giggs que sofocado y todo abrió brecha para Keane, Solskjaer, Neville y Paul Scholes en cuarto menguante. Míchel Salgado ha encarado con cierto resultado a lebreles como Claudio López y Marc Overmars, pero cuando supo que enfrentaría a Giggs lo nombró sinodal de su carrera deportiva. ¿Aprobó el examen?

El pequeño Estadio Old Trafford representa ya un fenómeno de la comunicación entre equipo y seguidores, más noble en reconocer al enemigo que otros avisperos del mundo, como La Bombonera de Boca Juniors y el Ali-Sami-Yen del Galatasaray turco. En el 2000, cuando el Real Madrid tenía a los Rojos en la lona 0-3 y la reacción lógica era empapar de orín la banca madrileña o irse vaciando las gradas, el Old Trafford se puso a cantar y al pitazo final esperó que los españoles pasearan su júbilo. Ahora, algo que jamás vi. El número 11 apareció en el cartel de sustitutos del Cuarto Arbitro, llamando a Ronaldo a la banca. Entonces, el Old Trafford interrumpió la tensión del juego para ovacionar a Ronaldo Luis Nazario en un aguacero humano, de pie. Equivalente a que el público brasileño hubiera aplaudido al uruguayo Alcides Gigghia, autor del segundo gol vs Brasil, en el Maracanazo de 1950. Un gesto increíble. Y también, un acto desafiante para el público madridista que abucheó a Ronaldo hace seis meses cuando FIFA lo premió en el Santiago Bernabeu con el Balón de Oro, coreando retadoramente a sus históricos. Raúl, Mijatovic, Di Stéfano, Hugo Sánchez.

Total que, apenas el Manchester se deshacía de Ronaldo —cada vez, un gol— y superaba a Roberto Carlos, se le aferraban Guti, Makeleke y McMannaman que hicieron de muelas. Los Rojos jugaron con el cuerpo adolorido, e inconexo. Keane parecía jubilarse, Van Nistelrooy no pudo lucir su pulcritud con goles (aunque hizo uno) y Verón, Verón, Verón... Verón me tiene despistado.

En los tobillos del gigante, Fernando Hierro atina menos cada vez y pierde resistencia y nivel —aún así tiene lo suficiente para jugar en el Campeón de Europa; ya lo dije antes, es el Quarterback—. Iván Helguera es un cómplice excelente y más fresco en ideas, aunque se ha ido olvidando del gol y se acostumbra a vivir pastando.

No hablo de Figo. Parece sobrar en el equipo. Es vertical, habilidoso y cuatro etcéteras, pero vive absorto en el desborde y se encierra con los defensores en zonas de poca influencia, cada vez más predecible, taponeando las venas que hacen a este equipo un organismo de sangre caliente. La prueba está en la cantidad de pelotas que vuelve atrás, cuando le adivinan el quiebre o recibe cobertura doble. Y eso cansa. Dicho lo anterior, me cuadro ante su desmarque que limpió la pradera a Ronaldo en el tercer gol, ese relámpago.

El Real Madrid fue superior. Superior al Manchester United, un estándar altísimo. Superior a los mejores momentos de sí mismo en la temporada. No se le ve rival. Es posible que extrañemos el fútbol de propulsión a chorro del Arsenal, como también es posible (muy posible) que la tacañería estratégica del Juventus —Dios mío, qué abominación— salga vencedora en la semifinal y se quede con la copa. Pero éste es el mejor equipo. El mal sueño, la furia libertina, cómo decirlo. Totalidad circular. Ghetto feliz. Cabezas, pueblos y polígonos. Esa mandíbula sobrecogedora en que se transforma el Real Madrid cuando Zidane juega bien flanqueado.

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abril 22, 2003

En el último número de El País Semanal, esa revista viva, se da cuerpo a una rica entrevista con Mijaíl Gorvachov, a quien tengo conceptuado al más alto nivel. Es martes y no tengo tiempo para un post largo —la justificación es mía y va dirigida hacia mí, al igual que todo en este el blog—, pero la entrevista me movió y se me queman las manos.

En el último año de preparatoria (1988-1989), cuando la URSS era todavía la URSS y en Civismo aprendíamos que el mapamundi se dividía en Capitalistas, Socialistas y Tercermundistas, el profesor Bruno Cortés nos anticipó lo que venía. Su error fue utilizar una dinámica de lo más aburrida. Con la cabeza en los preparativos de la Graduación, que se nos venía encima y nos llenaba de estúpidas angustias, teníamos que aprobar su materia suplementaria, Formación Humana.

Divididos por equipo, nos dio a leer fotocopias de dos textos, de los cuales borró intencionalmente el título. La tarea era analizar su contenido y extraer, en un cuadro sinóptico, las coincidencias. Hubo muchas. Había párrafos casi idénticos. La justicia social, la democracia, la solidaridad, la distribución de la riqueza...

No eran textos cualquiera. Uno reunía fragmentos del Concilio Vaticano II —la encíclica Gaudium et Spes— y el otro, entonces desconocido, se llamaba pomposamente la Perestroika. Era una de las primeras ediciones al castellano, antes de convertirse en un libro escencial de la época, antes del Boom. Bruno cuidaba su librito "del presidente ruso" con mucho celo, sin despegarle el ojo, y se inquietaba cuando la bibliotecaria lo abría demasiado para meterlo en la fotocopiadora, que tiraba su flama en vaivenes sincopados y vomitaba hojas por $ 1.50.

La prepa terminó. El baile de graduación me trae recuerdos incómodos, palabras que no debieron existir, errores. Luego vino una diáspora de vida y mi memoria se inunda con el vapor vegetal de un bosque gigantesco y frío.

Al año siguiente todo era Perestroika. Todo era el nuevo orden de las cosas y los adultos no cabían en la sorpresa. Después de una honda reflexión en todo el globo, la URSS reventaba sus siglas, estallando en pequeñas repúblicas que hasta la fecha no ubico, tumbando mentalidades y Muros.

Bruno Cortés se hizo más viejo y emigró a una preparatoria de Budapest, Hungría, más cerca de los hechos. El año pasado escuché que había muerto, luego escuché que no, qúe bueno. De ejercer aún, debe estar al frente de un mixto grupo de alumnos, a quienes reparte lecturas incendiarias, los aburre y los deja ir. Un buen número de ex-alumnos odia a Bruno Cortés, sus razones habrá. Pero yo le doy las gracias, además del Premio Nobel en mi imaginación.

Resulta soberbio decir que Gorvachov causó un impacto tremendo en nuestro mundo, porque no deja de ser una abstracción al hablar en nombre de millones. Pero aquí va otra: estoy convencido de que "nuestro mundo" soy yo, o mejor dicho, de que cada uno contenemos al mundo. En mí, que soy el mundo, Gorvachov dio con tubo, lo que justifica su papel universal. Más de una vez, cuando alguien se deja envejecer por la costumbre, recuerdo que existe la posibilidad de un buen Gorvachov, el hombre refrescante, capaz de bocetar cosas mejores y hablarse de tú con la Humanidad, que es una abstracción hecha de polillas y pleitos.

Václav Hável, Hélder Cámara, José Antonio Llaguno, Juan XXIII, Olof Palme, Nelson Mandela, Lech Walessa, Salman Rushdie... Irrepetibles, transparentes, íntegros, por quienes dan ganas de vivir en este mundo. Mijaíl Gorvachov es Uno De Esos Tipos.

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abril 20, 2003




Poniéndome pascual, busqué la cita máxima de Jesucristo en el Huerto de Getsemaní, subrayada en mi edición favorita de la biblia, la Latinoamericana, editada en 1980 con apuntes incendiarios del obispo Ivo Lordsheider.

"Señor, de ser posible aparta de mí este cáliz, pero que no sea mi voluntad sino la Tuya."

Lo repetí en silencio, sentí su luz y quise ponerla en las manos de alguien. Como nadie pasaba por aquí, la entregué a varios traductores automáticos on-line, que se portaron apostólicos. SysTran, por ejemplo, hizo una matatena con las dudas de Cristo. De la franqueza latinoamericana brinqué al francés. Del francés al holandés. Del holandés al inglés. Del inglés al chino. Del chino, volví al inglés. A esas alturas la frase se había convertido en:

“Gentlemen possibly separates me from a cup, but my will has not been yours.”

Entonces un atajo, del inglés al italiano buscando auxilio papal. Y de nuevo al francés. Del francés al alemán, del alemán al inglés. El viaje terminó del inglés al español, donde esperaba el versículo inicial de San Lucas en lugar de:

“Nos separa señor posiblemente media taza, pero mi voluntad además eran diez.”

Algo falló. Vuelvo a Cristo: “Señor, de ser posible aparta de mí...” En el segundo intento evité el francés, que puede estar intervenido por la guerra. La ruta fue, entonces, del español al inglés. Inglés a coreano. Coreano a inglés. Inglés a italiano. Italiano a inglés. Inglés a español, veamos:

“La posiblidad de señor ángulo dado, todo es a pesar de tu cosa.”

¿Cómo diablos operan estos traductores? Hablando de literatura, ¿cómo puede alguien creerles? El lenguaje es un ser vivo, no un algoritmo. Me divertí tanto que trepé al librero buscando víctimas. Fragmentos teóricos de Umberto Eco acabaron en intransitables voces que —no es broma— hacían rimar movies con pubis. La grosera sintaxis de Jeff Noon entraba en los motores, los hacía sudar y de pronto salía como una masa incómoda, que no vale la pena. En plan generoso, transcribo la experiencia que sufrió un fragmento de "La aventura de Koper Beeches" de Arthur Conan Doyle, cuya versión española pertenece a un bilbaíno de quien pienso traducir el nombre, Emilio Jacobino González Grano de Oro. El fragmento dice:

“Me encontré ante un pequeño pasillo sin alfombrar, que se torcía a la derecha en ángulo recto. Pasado este rincón hay tres habitaciones, de las cuales la primera y la tercera estaban abiertas.”

Babel Fish se encargó de marear la voz de Sherlock Holmes del español al inglés, al alemán, al francés, al inglés, al coreano, nuevamente al inglés y vámonos entendiendo:

“La alfombra se presenta derecho, brotado en mí lados externos debiendo ser inicialmente, cuatro campos son la esquina en el Este del mapa.”

La aportación más dramática, por cierto, provino del coreano. Por razones (tal vez) de discernimiento o (más bien) por las cyber-chiripiorcas del lenguaje en Red, modificó el párrafo a primera persona: “Me, the carpet...”, comenzaba.

Después saldé una vieja deuda con Bruce Springsteen, quien, al igual que Neil Young, me transmite una credibilidad sin tacha, cosa que me aburre discutir. Su mejor línea aparece al final de “Brilliant disguise”:

“Dios tenga piedad del hombre que duda lo único que sabe.”

Entre Babel Fish, Lycos y Free Translation hicieron pedazos a Bruce:

“El caso positivo es él, suponiendo desgraciadamente humano los zapatos.”

Casi amanecía cuando sometí a la licuadora multicabezas el nuevo libro de Rafa Dro, Lejos del noise. Inicié con el relato más veloz, “Get no time”, pero resultó una abominación, una denuncia alucinate y clara como chorro de agua hirviendo, algo para no dormir. No me incumbe. Mejor comparto la metamorfosis de “Ultrapop”, esa larva literaria.

“Ultrapop registra con su cámara nuestro furor en carrusel”, cuenta el narrador, duro como ampolleta. Babel Fish lo masticó siete veces. Devolvió esto:

“Se quema el Ultrapop, expresa nuestra cólera en escuela de caballo.”

La misma tarea para Lycos:

“Registrador de pequeña explosión extremista con la rabia en tiovivo.”

Ey, Rafa, ¿lo has intentado? Si un mal domingo te quedas sin ideas, patea los motores idiomáticos. Aplícales tu genio, les caerá como ácido. No muy disinguible de tu estilo —allí reside el talento— tendrás un producto listo para editarse en pasta dura.


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abril 18, 2003

Italia 3, Brasil 2.
Sánchez-Pizjuán, España.
Segunda Fase España 1982.

I
La llave.


Guardo con cariño un VHS jaloneado y ruidoso. Contiene íntegro el Italia vs Brasil del Mundial España 82, donde Italia ganó el boleto a Semifinales y Brasil se volvió a casa, chillando. El máximo choque de escuelas. Estoy convencido de que, al final de la celebración, los italianos tuvieron que sentarse y recibir masaje por un profundo ardor en las rodillas. Y en el cerebro. Les había pasado por encima un equipo tan superior que parecía jugar otro deporte. Después de los abrazos y el champán, se duchaban sin hablar. Ganaron, pero no saben cómo. Cada balón cerca del área fue motivo de desesperación. Había que reventarlo y esperar que cayera cerca de otro vagabundo azul, aislado como boya, que siguiera el ping-pong hasta entregar la pelota, en un puyazo largo al portero rival. Y a tomar trinchera. Además del arquero, sólo dos italianos tenían instrucciones fijas: Claudio Gentile debía sabotear a Zico, cosa que no pudo pero intentó —en una ocasión le arrebató la pelota, derribándolo y rompiendo su camiseta sin que marcaran foul: todo un arte—, y Paolo Rossi, que salió a cazar liebres.

Los brasileños llevaban meses jugando a un alto nivel, líquido e inolvidable, y navegaron la cancha del Sánchez-Pizjuán como góndolas pensantes. ¿Cómo pudieron perder? Se hace tanta fiesta por el hat-trick de Paolo Rossi y las intervenciones roedoras de Dino Zoff. No me interesa. Brasil dio una lección mayúscula de fútbol lujoso y prominente, mental, invencible. Hubo largos periodos del juego en que los italianos no dieron pase con sentido, tropezando unos con otros, gritándose y dando manotazos al aire. Los verdeamarillos mientras tanto circulaban en silencio, dosificados, sabios, tejiendo una hermosa red de vasos comunicantes que transmite —es increíble— una profunda paz. De 100 partidos, Italia habría ganado uno: precisamente ése, que se jugó en Sevilla.

II
Burlamos al párroco.


Hay que ver lo fascinante que resulta una Copa del Mundo, como también lo cegadora que es. El triunfo de Italia en 1982 fue un maldito virus que infectó —infecta todavía— a sus escuelas de pensamiento y en buena medida a la generalidad del fútbol. El campeón fue Italia, como pudo ser Alemania. Pero está probado que Francia llevo al mejor equipo y Brasil, seguramente, jugó el mejor fútbol.

Fútbol productivo e intenso, contagioso y fértil, por el que vale la pena gastar en un Mundial y llevar la vida marcada en líneas cuatrianuales. La Francia de Platini, al menos, tenía para su consuelo la Eurocopa de Naciones. La selección de Telé Santana, que a mediano plazo dejó una estela de madurez y academia, una bendita mezcla entre funcionalidad y fiesta, se fue con las manos vacías.

Puede que la Copa del Mundo determine la memoria futbolística, puede que las ligas europeas sean la mayor prueba de calidad, sobre todo la italiana, que se presume ruda y hacedora de hombres. A Zico, que jugó tres mundiales y fichó por el Udinese en transferencia récord, le fue bastante mal. Pelé tiene más dieces, Romario hizo más goles, Ronaldo alzó más copas. Aún así, Zico es un privilegiado en la historia del fútbol brasileño. Para Mr Phuy más todavía: Zico es el fútbol unplugged, un peldaño obligatorio en la escala de valores del fútbol contemporáneo.

Bien por nosotros. Mal para su generación de futbolistas extraordinarios, que en hallaron el Hilo Negro a pesar de no encajar aquí ni allá. En otoño de 1986, Zico dio una entrevista al vicepresidente de Belgium Radio, en Bruselas, cuando planeaba emigrar a Japón y reposaba la cicatriz de otra eliminación cruel, ante Francia. En una pausa comercial, cuando se levantó por un cono de agua, el Dj se dirigió hacia él tirándole dos ganchos. Pum: Te hubieras quedado sin Mundial, como Di Stéfano. Zas: No hubieras salido de Brasil, como Pelé.

III
Sin embargo aquí.


Antes del pitido inaugural de Japón-Corea, Francia tuvo el mejor equipo del mundo. Definiciones: hablar del mejor equipo es elogiar a un grupo específico de jugadores (Jorge Valdano le llama "rebaño"), una camada valiosa e integrada, todos en edad y salud, que compiten un mes, superan los imponderables y facturan lo más posible. En la cual, sin embargo, los nombres son fundamentales. Equipo completo es igual a campeón; incompleto, algo que da pena. Zidane y Pires (lesionados) y Henri (explusado en el segundo partido), extraordinarios y anormales, no tuvieron sustituto y fueron el eje vicioso del raro rendimiento de los demás. Verán más oportunidades, pero el rebaño de 1998 se jubiló, dejando en la memoria una impecable línea defensiva: Desailly, Blanc, Lizarazu y Thuram.

Francia, el mejor equipo. Pero Argentina el mejor fútbol.

Lo anterior no tiene explicación, pero en todo caso, buscándosela bien, está en la manera de perder. Mientras Francia, como dije, no halló sustituto en posiciones básicas —no es que el técnico no hallara: es que no hay—, Argentina pudo inscribir tres selecciones igual de competentes. Un casting desbordante. Chico dilema de Marcelo Bielsa para elegir entre Batistuta y Crespo, sin hablar de Saviola; Verón y Aimar por no decir Riquelme; Ortega y Caniggia por evadir a Solari, a Romagnoli, a Delgado. Sólo se extrañó a los defensores Ayala y Vivas, pero Zanetti y Wálter Sámuel cumplieron a gran nivel.

Por ello su eliminación deprime y confunde a Mr Phuy, como a millones de argentinos. Dónde quedó la chispa. El racimo de goles. Nadie lo sabe. Su bajo promedio de gol en contra (0.66 por juego) se mantuvo, pero no sirvió. Los goles a favor se perdieron entre las maletas y fueron a dar al Aeropuerto de Laos, o cayeron por la escalinata. Dos pelotazos para no dormir jamás: un penal, un tiro libre. Y adiós.

Hay que retroceder varios párrafos para entender la noción de "fútbol argentino" en oposición al "equipo argentino". Me queda claro, a pesar del fiasco, que el fútbol argentino fue el mejor de 1999 a 2002. Menos nítido lo siguiente: en mi opinión lo es todavía.

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abril 06, 2003


Volvió la chica simple. Ayer. Ofreciendo disculpas.

Hay dos opciones para enterarse del final de la chica simple. La más ágil es recordar el Acto III de la obra teatral Thoughts after Walesa de Kathleen Candyman y ahorrarse la lectura de este post, pues se trata de un hecho idéntico. La segunda es atenerse a mi cadena de acontecimientos, filtrada por los nervios.

A diferencia de su primer visita, que hizo mella en las normas de seguridad de mi oficina blanca y me hizo acreedor a recias llamadas de atención, la chica simple me hizo sentir incómodo. No dije palabra, no hice muecas, no extendí la mano: en mi cuadro de cortesías eso se toma como gracias terminamos sal de aquí. No logré ahuyentarla. Ofreció disculpas con una voz que irritó a mis compañeros más cercanos.

No los culpo. En un cajón metálico, lleno de candados y combinaciones, los empleados guardamos un álbum fotográfico para estos casos. Es confidencial, no voy a decir mucho, pero en él aparecen aquellos identificados a quienes debo acosar o evadir, según el caso. Por ejemplo está la foto de Hogan Lorraine, pintor de naturaleza muerta y megalómano visto por última vez en Zacatecas, temido en nuestro gremio por adormecer con su conversación a los Guardias mientras una comadreja sale de su pantalón y roba todos los sacapuntas. O la de Toño Vesubio, de nombre completo Antonio Vesubio Graham-Lloyd, quien visitó una sucursal de Tehuantepec y comentó al personal administrativo que no tenía hermano gemelo pero que, de haberlo tenido, éste pudo ser coche-bomba y todos viviríamos en riesgo.

Pillos menores ante la chica simple, de quien aparece una foto ambigua y porosa, de espaldas, captada en circuito cerrado. Al pie de foto dice: Estudiante poco alta, paranoika, gustos musicales, no provocar. Quien no la conoce y la juzga por su inclusión en el Álbum de Identificados, rodeada de carteristas e intoxicados de la vida urbana, se decepciona de los empleados de oficina blanca, de las chicas y también de los limones. Pero ella es una centerfold.

—Dónde está. Sácalo. Lárgate.

Fue lo único que dije, cuidando mi pellejo, en referencia al limón. Su reacción fue sacar un envoltorio de toallas que despedía olor a cítrico y maldad antediluviana. Mi sensatez (soy muy sensato) se derrumbó. Sentí nuevamente el impulso de fragmentación que hace dos meses me llevó a comportamientos increíbles. Increíbles para mí. Increíbles para cualquier empleado de oficina blanca. Increíbles también para la chica simple, que temió lo peor y prefirió evadirse: antes de que pudiera emitir el Síntoma —así llamamos a un hitazo de sorpresa que inunda la oficina de agentes uniformados— desenvolvió las toallas y dejó al descubierto el limón.

Un limón. Luz despeñada. Todos inmóviles.

De su chichón mil veces extendido y mordiente salió una protuberancia dentada, y de ésta una lengua y un ulular de frecuencia altísima, taladrando nuestras cabezas. La chica simple se inmoló ante su Señor, quise decir su Fruto, que en segundos había extendido dos tentáculos —uno de ellos tatuado—, echándosele encima, frotándose y frotándola. Aerolitos, roedores, tímpanos. El limón derramó su maldito jugo entre las ropas, coyunturas y orificios de la chica simple haciendo de ella un ente irreconocible, acuoso y ambiental.

—Fue un bonito poema, pero acabó.

Emití el Síntoma, que casi nunca llega pero cuando llega alcanza lo fatal. Varios uniformados con licencia y mano dura intentaron aprehenderla, cosa de niños. Pero la chica —su cuerpo, su podrido cariño— recién se había desvanecido sobre mi escritorio, embarrando sellos y pólizas, hecha una flacidez que recordaba los relojes de Dalí.


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abril 05, 2003

En la lengua de los Elfos mi nombre es Lolindir Anarian. Me va mejor que a Diego Maradona, cuyo apellido no deja de ser un pleonasmo: Fastolph Goldworthy.

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abril 01, 2003


I Te hablaré de mi madre.

No temo a la muerte, ni que tuviera una idea cercana a lo que es. Heredé la fé católica de mi familia y ahora puedo firmarla. Alimentada y propia, la considero fe adulta. Esto es: un resorte ajustado entre las ganas de crecer y su freno de mano. Por la fe veo la vida como una secuencia de dilemas simples, discretos y mecánicos. Lo temible es que, desde la fe, barro esos dilemas en su aplastante mayoría y tengo el respaldo ético para encarar a los más duros, aquellos que se resisten, se conglomeran y crecen. Con ellos hay que ser rápido y letal, acabarlos al menor costo posible (Qué pensamiento más contemporáneo. Me duele lo que acabo de escribir).

A título personal, sobrellevo la vida sin angustia por lo que pueda esconder la catapixia de la muerte, siendo útil recordar que en toda catapixia hay tres cortinas y que en la mejor, que nunca elijes, está Muebles Troncoso. Donde debería estar San Pedro hay un camión de cuatro ejes, uno nunca sabe. La fe me trae buenas noticias del aftermath, me dice que veré un flashazo, o sufriré una metamorfosis, o seré puesto en un sitio que cumple con los adjetivos interminable, ligero y enriquecedor. Si muero, ya está; pero me aterra el Alzheimer. La fe moviliza océanos, convierte soldados en apóstoles y desentierra montañas, pero cuidado con el Alzheimer, pues sale de su jurisdicción.

II Retardo y voltaje.

Si la viruela hubiera entrado con más tino a la favela de Pelé, si la tuberculosos se hubiera colado más ruda en la familia Di Stéfano, si Maradona no se hubiera levantado de aquel foul de Goikoetxea, el inigualable Ferenc Puskas, húngaro, estaría recibiendo esos trofeos al Jugador del Siglo. Mejor dicho, los estaría recibiendo Wilma, su mujer, a quien conoció en sus días cúspide, cuando no podía salir a la calle sin que le gritaran "¡Cañoncito Pum!", la misma que lo baña, lo viste, lo peina, le arrima fotografías y le da pequeños besos para hacerlo volver del camino one-way que tomó al interior de sí mismo. No vuelve.

Como un intento desesperado y también para sentirse bien, su mujer "lo prestó" a los ejecutivos de la UEFA en el verano del 2002 para un homenaje en el Hampden Park de Glasgow, Escocia, horas antes de que el Real Madrid de Zidane ganara la novena Copa Europea. En el mismo escenario, 42 años antes, Puskas hizo cuatro goles al Eintracht Frankfurt —Di Stéfano hizo tres: suman siete— el día de la Quinta, el momento más alto del viejo fútbol de clubes. Puskas se reúne con otros nueve ancianos, sobrevientes todos de aquel juego. Como lo fue en sus mejores años, Puskas es el más chaparro y el más gordo. Lo colocan al centro. Mira a los fotógrafos como si no estuvieran y posa la mano en el brillante copón de plata, al que ve de reojo y confunde con un delfin, creo. Su mujer lo anima desde el graderío. No vuelve. Hasta donde sabemos, no ha de volver. Tiene Alzheimer.


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